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La Coctelera

 

Anda el día lluvioso cuando salimos

del hotel y nos dirigimos a visitar el

Anne Frank Huis. Situado detrás de la iglesia Westerkerk, a orillas del canal de la calle Prinsengracht, el edificio no destaca de los demás a no ser por el adosado moderno de cristal y la cola de turistas ante la puerta. Parece increíble como en un espacio tan reducido pudieron convivir tantas personas tanto tiempo, por eso, me sorprende más como pudieron vivir en espacios mucho más reducidos, los "topos" españoles después de la Guerra Civil. Como intentan sobrellevar la soledad y el aislamiento poniendo fotos de actores en las paredes, como el padre controlaba la marcha de la guerra en un diminuto mapita de Europa y la mala suerte que tuvieron, los delatan cuando los aliados ya avanzan por el norte francés y las dos hermanas mueren de tifus un par de meses antes de que el campo sea liberado. Pero no es eso lo que más me emociona, mucho más importante para mí es la enorme muestra de solidaridad y humanidad que demuestran los cuatro, también holandeses, que les ocultan a riesgo de sus propias vidas. Los cuatro sobrevivieron a los nazis, junto con el padre, que es quien varios años después decide publicar el diario de su hija y abrir la casa como museo. La terrible historia europea da para muchos, demasiados monumentos. Seguidamente nos dirijimos al Begijnhof, un recinto cerrado semioval donde todas las casas dan al interior y que tiene una única entrada. Una de las casas, de madera negra, es de las mas antiguas de la ciudad, sobrevivió a los grandes incendios. El complejo era una especie de convento laico para mujeres, que a cambio se ocupaban de atender a los enfermos.

Regresamos hacia la Centraal Station, una maravilla de la arquitectura civil del siglo XIX. En sus inmediaciones nos embarcamos en uno de las motonaves para turistas que recorren los canales incesantemente pasando por debajo de puentes por donde parece imposible poder pasar.

Calvito.

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